Quién es Jan Vandemoortele y por qué importa su mirada sobre el desarrollo
Jan Vandemoortele, economista belga y uno de los artífices conceptuales de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), se ha convertido en una voz crítica y a la vez constructiva sobre la cooperación internacional. Su participación en el diseño de este marco global le permite analizar con autoridad qué ha cambiado y qué sigue fallando en la lucha contra la pobreza, la desigualdad y las múltiples brechas que separan al norte y al sur global.
Para Vandemoortele, los ODM marcaron un antes y un después: introdujeron metas cuantificables, plazos definidos y un lenguaje común que gobiernos, agencias internacionales y organizaciones de la sociedad civil podían compartir. Sin embargo, también dejaron al descubierto las fragilidades de un sistema que, pese a sus avances, sigue arrastrando inercias paternalistas y estructuras de poder asimétricas.
Del entusiasmo inicial al reconocimiento de un cambio frágil
Las últimas décadas han demostrado que el cambio positivo en materia de desarrollo puede ser tan real como endeble. En muchos países se redujo la pobreza extrema, mejoró el acceso a la educación primaria y se expandieron las coberturas de salud básica. Sin embargo, estos avances no siempre han sido sólidos ni universales.
Vandemoortele subraya que algunos progresos se apoyan en bases inestables: economías excesivamente dependientes de materias primas, políticas públicas vulnerables a los ciclos políticos y sistemas de protección social aún débiles. Cuando sobreviene una crisis —ya sea financiera, climática, sanitaria o geopolítica— se revela hasta qué punto esos logros pueden retroceder con rapidez.
La lección principal es clara: el desarrollo no puede medirse solo en indicadores agregados; debe analizarse también su resiliencia. Una tasa de escolarización más alta, por ejemplo, es un avance, pero se convierte en un espejismo si no va acompañada de calidad educativa, inclusión de las niñas y minorías, y condiciones dignas para el profesorado.
La sombra persistente del paternalismo del norte global
Una de las críticas más consistentes de Vandemoortele apunta al talante paternalista que aún domina buena parte de la cooperación internacional. A pesar del discurso de asociación y corresponsabilidad, muchas políticas siguen diseñándose desde los países del norte con lógica de donante-beneficiario, donde el sur se reduce a receptor pasivo de recursos, recetas técnicas y condicionalidades.
Este enfoque, sostiene el economista, no solo resulta éticamente problemático, sino que es ineficaz. Al privilegiar soluciones prefabricadas sobre diagnósticos locales, se corre el riesgo de ignorar contextos culturales, instituciones informales, saberes comunitarios y prioridades definidas por las propias sociedades del sur. Así, pueden impulsarse proyectos con aparente éxito a corto plazo, pero escasa apropiación social y, por tanto, difícil sostenibilidad.
El paternalismo también se manifiesta en la narrativa: se habla de “ayuda” más que de “justicia”, de “generosidad” más que de “responsabilidad compartida”. Vandemoortele insiste en que la desigualdad global no es fruto de una carencia de caridad, sino de estructuras históricas, comerciales y financieras que deben revisarse con honestidad.
De los Objetivos de Desarrollo del Milenio a la agenda actual
Los ODM lograron fijar prioridades claras, como la reducción a la mitad de la pobreza extrema o la ampliación del acceso al agua potable. Sin embargo, también fueron criticados por simplificar realidades complejas y por dejar en un segundo plano asuntos cruciales como la desigualdad dentro de los países, la calidad de los servicios públicos o la gobernanza democrática.
Con la transición hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la agenda internacional se amplió: se integraron dimensiones ambientales, se introdujo el enfoque de universalidad (objetivos para todos los países, no solo para el sur) y se enfatizó la interdependencia entre desarrollo económico, inclusión social y sostenibilidad ecológica.
Vandemoortele reconoce estos avances, pero llama la atención sobre un riesgo: la inflación de objetivos puede diluir las prioridades y dificultar la rendición de cuentas. Pasar de una lista acotada a un marco amplio y complejo exige más claridad en la gobernanza, más coherencia de políticas y mecanismos de seguimiento capaces de ir más allá del simple conteo de indicadores.
Hacia una cooperación menos vertical y más transformadora
Para superar el paternalismo, Vandemoortele propone repensar la cooperación internacional desde tres claves: simetría, responsabilidad y coherencia. En primer lugar, la simetría implica reconocer que todos los países —del norte y del sur— tienen desafíos de desarrollo y que pueden aprender mutuamente, en lugar de reproducir la lógica de quien enseña y quien recibe lecciones.
En segundo lugar, la responsabilidad exige ir más allá de la ayuda al desarrollo tradicional y abordar el impacto de las políticas comerciales, fiscales, migratorias y medioambientales del norte sobre el sur. Un país puede ser un gran donante y, al mismo tiempo, sostener prácticas económicas que profundizan la desigualdad global.
Por último, la coherencia implica que los objetivos declarados —reducir la pobreza, promover la igualdad, frenar el cambio climático— no se contradigan con decisiones en otros ámbitos, como el subsidio a combustibles fósiles, los flujos ilícitos de capital o los acuerdos comerciales asimétricos.
El papel de las comunidades locales y la sociedad civil
Uno de los aprendizajes que Vandemoortele destaca de la experiencia de las últimas décadas es la centralidad de los actores locales. Gobiernos subnacionales, organizaciones comunitarias, movimientos sociales y pequeñas empresas son esenciales para transformar las metas globales en cambios tangibles en barrios, pueblos y ciudades.
La apropiación local de las agendas de desarrollo no es un añadido decorativo, sino una condición de eficacia. Cuando las comunidades participan en el diagnóstico, el diseño y la evaluación de los proyectos, las soluciones tienden a ser más pertinentes, más inclusivas y más duraderas. Esto contrasta con las iniciativas diseñadas desde despachos lejanos, que a menudo pasan por alto desigualdades internas como las de género, etnia o clase.
Un cambio cultural pendiente en el norte global
Vandemoortele insiste en que el cambio no puede recaer únicamente en los países del sur. El norte global necesita revisar sus propios supuestos culturales y políticos sobre el desarrollo. Esto incluye cuestionar la idea de que el progreso se mide exclusivamente en términos de crecimiento económico y consumo, y abrirse a otras nociones de bienestar, muchas de las cuales provienen precisamente de experiencias del sur.
Reconocer la fragilidad del cambio positivo implica aceptar que no basta con transferir recursos o tecnología; es necesario transformar relaciones de poder, mentalidades y modelos de vida que han demostrado ser insostenibles, tanto social como ecológicamente.
Jan Vandemoortele: una voz incómoda pero necesaria
La contribución de Jan Vandemoortele a los Objetivos de Desarrollo del Milenio lo sitúa en una posición singular: fue parte de la arquitectura de un sistema que ahora observa con mirada crítica. Lejos de la complacencia, reivindica una evaluación honesta de lo conseguido y de lo pendiente, consciente de que el discurso triunfalista puede ocultar las fragilidades que amenazan los avances logrados.
Su mensaje central puede resumirse en una advertencia y una invitación. La advertencia: mientras persista el paternalismo del norte y se ignoren las raíces estructurales de la desigualdad global, el cambio seguirá siendo frágil. La invitación: construir una cooperación verdaderamente horizontal, que reconozca las capacidades, aspiraciones y derechos de todas las sociedades, sin jerarquías implícitas ni relatos de salvación.
Conclusión: del milenio a la próxima década
Al mirar hacia adelante, el legado de Vandemoortele y de los ODM sigue siendo relevante para entender los retos de la actualidad. La crisis climática, las nuevas formas de desigualdad digital, las migraciones forzadas y las tensiones geopolíticas hacen aún más urgente un enfoque de desarrollo que sea sostenible, equitativo y verdaderamente global.
La lección de las últimas décadas es que el cambio positivo existe, pero es vulnerable. Convertirlo en transformación duradera requiere abandonar definitivamente el paternalismo, apostar por la justicia y la corresponsabilidad, y poner en el centro las voces de quienes históricamente han sido tratadas como simples receptoras de ayuda. Solo así las metas que una vez inspiraron los Objetivos de Desarrollo del Milenio podrán traducirse en un futuro más digno para todas las personas.